Contra Punto-La infame "paz" de los guerreros – Noticias de El Salvador – ContraPunto – Noticias de El Salvador – ContraPunto

Posted on 2012/01/23

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Benjamín Cuellar Martínez

SAN SALVADOR – Como era de esperarse, tras el acto oficial del pasado 16 de enero y sobre todo al conocerse el contenido del discurso de Mauricio Funes durante el mismo, se volvieron a desatar pasiones y tensionar relaciones entre políticos de uno u otro lado, se generaron opiniones a favor o en contra en los medios de difusión masiva y hasta se oyeron sonar amenazantes los “tambores de guerra”. Se han escuchado irresponsables voces como la que dijo: “¿Qué quiere Funes? ¿Guerra de nuevo? Yo como soldado estoy listo para defender nuestra Patria”; o como esta otra: “Hay que preocuparse más por los muertos de hoy que por los del pasado”. Hasta un firmante de los acuerdos, el representante de los militares en la comisión gubernamental que los negoció, dijo que era una “grosería” para su casta el informe de la Comisión de la Verdad; así muestra su “alto convencimiento y compromiso” respecto al “proceso de paz”. ¡De ese tamaño son las mezquindades de quienes hasta se creen los nuevos “próceres”¡

Más allá de eso y de las triviales apreciaciones sobre las lágrimas presidenciales o si, en el momento, el mandatario cambió su discurso tras escuchar el relato y las demandas de la representante de las víctimas de la masacre de El Mozote, está un problema de fondo que la sociedad salvadoreña no ha resuelto: el de un doloroso pasado reciente que, digan lo que digan y a pesar de los pesares, está ahí con todo y sus consecuencias nefastas para el rumbo de la nación. Y mientras no se dé la solución digna y adecuada a quienes nunca han tenido posibilidad de ser la parte protagónica principal y no solo que les den una parte, las víctimas seguirán en el centro de la injusticia legal, mediática, económica, social y más. 

En ese acordado y conveniente ambiente que prevalece en el país, donde los firmantes afirman su poder y las víctimas son usadas de una u otra forma, también se han conocido juicios que desde su particular posición cuestionan o aplauden la pertinencia del evento; además, descalifican a quienes no comparten su parecer. Todo eso es opinable, pero no beneficia en nada al país si no pasa a más. Y es que algo que no se ha dicho o no se ha escuchado con la suficiente fuerza, es lo que tras este evento volvió a salir a flote como ocurre siempre cuando –por ejemplo– se acerca una elección: lo falso y ofensivo de una “paz” pactada por políticos y militares; una “paz” que, a veinte años de distancia y a pesar de todo, sigue siendo ensalzada arriba y afuera de El Salvador mientras abajo y adentro del mismo las mayorías populares –las víctimas del tan afamado “proceso”– mueren o apenas sobreviven en medio de la sangre y el hambre de cada día. 

Durante las dos décadas transcurridas desde aquel esperanzador 16 de enero de 1992, no ha cesado el enfrentamiento entre quienes sonreían y se abrazaban ante las cámaras allá en el Castillo de Chapultepec. Se siguieron peleando ya sin las armas mortales en la mano con las que sus tropas, reclutadas e integradas por la pobrería nacional, combatieron durante más de diez años. Hacen unos ridículos en televisión y en radio o en la prensa escrita, pero continúan su lucha en la Asamblea Legislativa con sus discursos incendiarios reproducidos también en la televisión y el resto de medios, en las campañas proselitistas de sus partidos peleándose postes y espacios públicos para “vender” su imagen, violando siempre la Constitución y la ley electoral… 

Se mantuvieron en “pie de guerra”, respetándose la vida; lo hicieron en nombre del pueblo, la patria, el cambio y su “paz”. Por eso y porque, a pesar de sus “diferencias”, decidieron dedicarse a disfrutar el “descanso del guerrero” aunque se ataquen a diario con los mismos argumentos –que solo cambian dependiendo del lugar donde se encuentran, ya sea el Gobierno o en la oposición– ambas partes se suman formal y convenientemente al coro que elogia lo hecho hasta ahora. 

Pero mientras no se decidan a encarar con responsabilidad lo que la Comisión de la Verdad llamó “la locura”, la esperanza real se irá alejando cada vez más. No se trata de “abrir heridas”, que es la cantaleta gastada con la que –en vano– se pretende evadir lo que hay que hacer en esa que es una materia pendiente; tampoco de venganza. Se trata de hacer que en El Salvador se sienten las bases para comenzar a superar la impunidad por tres razones. La primera, central e ineludible, es que las víctimas de las atrocidades merecen verdad, justicia y reparación de manera integral y no a cuentagotas, de forma concreta y no mediática.

Pero también porque al amnistiar a los responsables de graves violaciones de derechos humanos, delitos contra la humanidad y crímenes de guerra –como ocurrió después de la masacre de 1932, que hoy cumple ochenta años– se volvió a legitimar tales prácticas como mecanismos para enfrentar lo que está a la base del conflicto salvadoreño: el lógico descontento y la fundada protesta popular que pueden desembocar en una legítima rebeldía mucho más “caliente”, producto de la injusta estructura económica y social, cuando para los sectores excluidos no existen los espacios institucionales democráticos y  pacíficos que permitan superar su condición de extrema vulnerabilidad.

Por último, porque a falta de castigo para quienes ordenaron y ejecutaron las órdenes de matar, desaparecer, torturar y masacrar a sus “enemigos” en cualquiera de los bandos, esas prácticas siguieron y siguen siendo el amargo “pan de cada día” para las mayorías populares que son las que ponen la cotidiana y –hasta ahora– imparable cuota de sangre. 

En el informe de la Comisión de la Verdad se condenaron esas manifestaciones de violencia, pero cinco días después de su presentación se decidió plantarle enfrente al pretendido proceso de pacificación su “gran piedra de tropiezo”, su mayor obstáculo y su más peligrosa amenaza: la amnistía total, incondicional y violatoria de los estándares internacionales de derechos humanos. Así quedó establecido por los poderes un claro mensaje que, más o menos, podría formularse en los siguientes términos: “Criminales, son responsables de las más grandes salvajadas; pero las pueden seguir haciendo, ustedes u otros, porque en El Salvador no hay castigo”. 

Y ese mismo mensaje lo reiteraron hace poco los órganos Ejecutivo y Judicial cuando protegieron, cada cual desde su competencia, a los militares reclamados por la justicia universal que son señalados como los autores intelectuales y materiales de la masacre que –hace más de veintidós años– se perpetró en esta Universidad. Y la Corte Suprema de Justicia, en una clara y absoluta negación de su propio nombre, estará ratificando esa impunidad si niega la extradición de algunos de ellos y de otros que ya fue solicitada por la Audiencia Nacional de España. 

Llama la atención la falta de una decisión contundente, sin margen de duda, por parte del titular del Ejecutivo frente a un subalterno que –en este escenario– es clave: su actual ministro de la Defensa Nacional. Este personaje, cuando era el segundo en la cartera, estuvo uniformado en la primera fila de quienes agradecían no “correr peligro”: los militares que debieron ser capturados por su responsabilidad en la masacre en la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”. Eso pasó en agosto del año pasado. Y hoy, horas después del discurso de Funes en El Mozote, declara públicamente que Domingo Monterrosa es su héroe porque defendió al país de una agresión… ¿Cuál? ¿La de trescientos o más niños y niñas?   

Déjense de falsedades, uno y otro lado. Es hora de saldar estas cuentas para iniciar en serio, de una vez por todas, la superación de la impunidad reinante en El Salvador. Eso y no la decisión de decretar la amnistía, fue lo que en el Acuerdo de Chapultepec firmaron los que luego se constituyeron como protagonistas principales de la mala conducción en el camino hacia una “paz” que, a estas alturas, solo ha alcanzado para sus intereses y para los de otros poderes que están detrás. De no hacerlo, ningún nuevo “acuerdo” servirá de mucho. Hay que resolver el pasado para enfrentar lo malo del presente y soñar un mejor futuro.

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