LPG-La posguerra democratizadora comenzó al día siguiente de firmado el Acuerdo

Posted on 2012/01/20

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Ahora es momento de hacer análisis sinceros de lo que ha ocurrido y lo que no ha ocurrido en el período transcurrido desde entonces. De entrada se ve y se sabe que hay gran tarea por hacer.

Escrito por Editorial
Viernes, 20 enero 2012 00:00

Al hacer valoraciones sobre lo que ha venido ocurriendo en el país durante los veinte años más recientes, es muy importante tener en cuenta los hechos tal como ocurrieron. Una de las características principales de nuestro proceso posterior a la firma del Acuerdo de Paz es que la democratización de posguerra comenzó inmediatamente después de producirse dicha firma. Esto no se dio en otras partes, donde ni siquiera hubo acuerdos de paz, sino situaciones políticas de hecho, que no tenían ninguna garantía de coherencia y de continuidad. Nuestro proceso se caracteriza precisamente por ser un acontecer debidamente articulado en el tiempo.

En España, por ejemplo, para empezar la posguerra democratizadora hubo que esperar 36 años de predominio absoluto del vencedor militar. En los países del Cono Sur, donde hubo férreas dictaduras militares, la normalización se fue dando sin que hubiera marcos regulatorios que condujeran a la normalización. Nuestro caso es diferente y por eso tiene connotaciones también diferentes. Tanto la Fuerza Armada como el frente guerrillero tuvieron que someterse de inmediato a los compromisos contenidos en el Acuerdo: la Fuerza Armada, retornar al desempeño del rol institucional; y el frente guerrillero, pasar a la condición de fuerza política legal.

En el Acuerdo se estableció lo que dio en llamarse el Día D, que fue el primero de febrero de 1992, para que comenzara a operar el calendario del cumplimiento de lo acordado. Entre esos acuerdos estaba el desmontaje de las estructuras militares de la guerra, en ambos bandos. Aunque hubo que hacer recalendarizaciones posteriores, exigidas por la misma realidad del cumplimiento en el terreno, siempre se mantuvo la lógica de un calendario preciso, que no estaba regido por el “a ver cuándo se puede”. Esta es otra de las características virtuosas de nuestro proceso, y que tampoco es valorada como un dato revelador de que las cosas pueden hacerse seriamente cuando se quiere.

A estas alturas, es indispensable hacer una distinción que permite orientarse sobre lo que significó todo aquello y lo que son las carencias, las exigencias y los desafíos del presente: el Acuerdo de Paz no podía, en ningún caso, porque eso no puede hacerse por entendimiento en una mesa, resolver los problemas socio-económicos y político-culturales de nuestra realidad: eso tendría que hacerlo el desenvolvimiento democrático sucesivo. El Acuerdo de Paz sí podía establecer lo básico para normalizar el escenario de la competencia democrática en lo político, y es lo que hizo con resultados muy favorables y prometedores.

Hemos entrado ya en la tercera década desde la formalización del fin de la guerra en Chapultepec. Ahora es momento de hacer análisis sinceros de lo que ha ocurrido y lo que no ha ocurrido en el período transcurrido desde entonces. De entrada se ve y se sabe que hay gran tarea por hacer. Y de eso se trata: de completar la tarea pendiente, de enfocar con creatividad y con visión compartida la tarea futura, y de dejar atrás las imágenes, las actitudes y los vicios del pasado para que las cosas vayan saliendo bien de veras para todos los connacionales.

El objetivo debe ser convertir a El Salvador en una comunidad de esperanza, de desarrollo y de convivencia armoniosa. Eso es difícil, desde luego, pero factible, si las voluntades coinciden y las visiones se integran. Tendríamos que señalar, entre todos, otro Día D, esta vez no para cumplir acuerdos ya dados, sino para impulsar de veras, con fechas en el calendario, la modernización plena de nuestro sistema de vida.

La posguerra democratizadora comenzó al día siguiente de firmado el Acuerdo