EDH- Dos décadas sin guerra

Posted on 2012/01/17

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Por Federico Hernández A. * Martes, 17 de Enero de 2012

Al valorar los Acuerdos de Paz que se firmaron hace 20 años, la única perspectiva que encuentro ineludible abordar, por su absoluta significancia histórica, es la del drama humano al que esos Acuerdos pusieron término. Amén de que sólo así juzgo posible analizar objetivamente la etapa que se inauguró aquel 16 de enero de 1992, tal vez sea también la mejor vacuna contra esa injusticia de remilgarle méritos al hito de Chapultepec a partir de sus supuestos efectos.

La libertad no hace felices a los seres humanos, pero les ofrece las condiciones mínimas que necesitan para visualizar y alcanzar sus personales conceptos de felicidad. De forma análoga, era absurdo pedirle a los Acuerdos de Paz que se convirtieran en la garantía de éxito del proceso que se inauguraba a partir de ellos. La paz y la reconciliación necesitaban de un marco institucional reformado para prosperar, pero la responsabilidad de consolidar esos valores en el inconsciente colectivo nacional no dependía únicamente de los grandes trazos institucionales, sino de condiciones anímicas que con mucha dificultad van siendo asumidas por los seres humanos después de un cruel enfrentamiento bélico.

Haciendo esta sutil distinción entre las reformas que los Acuerdos propiciaban y las condiciones inmateriales que van concretizando la reconciliación en el ánimo y el temperamento social, cabe establecer dos tipos de avances que, aunque complementarios, son diferentes y marchan a paso distinto.

La evolución meramente institucional puede medirse sin problemas. De los 7 capítulos en que se dividen los puntuales acuerdos tomados por las partes, en todos se registran progresos, aunque no abunden las plenitudes. En las zonas del documento referidas al fin de la guerra, la depuración del ejército o la participación política del FMLN, por mencionar algunas, se han verificado cumplimientos de manera sostenida.

El cese al fuego entre los bandos enfrentados se produjo con una rapidez ejemplar, dando concreción a la aspiración más sentida por la población salvadoreña en aquel momento: la inmediata suspensión de la contienda y la paulatina reducción de sus consecuencias. Lo que sucediera a partir de este logro estaba supeditado a la buena administración de las diferencias, mismas que no desaparecían porque se hubiera firmado un papel.

Analicemos fríamente esa tensión –que es ideológica, pero también práctica– entre las expectativas de desarrollo que el fin de la guerra produjo en algunos sectores y los resultados reales, tangibles, que en esta materia se han obtenido hasta la fecha. Para unos, las condiciones económicas que habrían generado el conflicto se mantienen intactas, por lo que asegurar que los acuerdos de 1992 cumplieron su cometido es casi un atentado contra la historia; para otros, el mercado es el llamado, en total exclusividad, a reproducir las fuentes de riqueza, por lo que cualquier acción estatal de vigilancia peca de irresponsable y de volverse cómplice del retroceso.

Ninguno de estos extremos, desde luego, iba a moverse en dirección alguna como producto espontáneo de los Acuerdos de Paz. Las instituciones son las personas y los hábitos, y se determinan o transforman por medio de valores. Y esta tarea, la del fomento del diálogo intersectorial, ha tenido una sinuosa trayectoria en los últimos 20 años, a veces por la mala calidad de los liderazgos políticos, a veces por mezquindades sectoriales o ideológicas, pero siempre, en menores o mayores dosis, por desconfianza, que es uno de los peores lastres que heredamos de la guerra.

El diálogo económico y social es un ejercicio que implica receptividad en el sector gubernamental, capacidad de propuesta en el empresarial y madurez en el laboral. Si faltan estas virtudes o, peor, si se las reemplaza por sus correspondientes defectos –autoritarismo, irresponsabilidad e insensatez–, el equilibrio de posturas que intrínsecamente necesita este tipo de diálogos estará condenado al fracaso. Y quien pierde es el país entero.

elsalvador.com, Dos décadas sin guerra

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