EDH- Comienzo y final de una guerra

Posted on 2012/01/15

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Por Mario González.15 de Enero de 2012

En la radio sonaba la clásica caribeña de Cuatimundi "¿Qué pasa, qué pasa, qué pasa contigo?", cuando comenzaron a correr los rumores de un gran ataque insurgente. La gente corrió a proveerse de alimentos y agua y a refugiarse en sus casas. La noche fue fantasmal.

Era el 10 de enero de 1981 y la tensión acumulada desde un año antes estalló con una ofensiva guerrillera que afectó algunas ciudades como Santa Ana y que llevó a la junta cívico-militar de entonces a decretar el toque de queda y agudizar el Estado de Sitio, con sus bombazos y balaceras, cateos masivos y capturas. Se decretó que todos los empleados públicos causaban alta en el Ejército.

Si ese ataque masivo hubiera sido un año antes, quizá habría tenido éxito, pero fue efímero y limitado. Con la aún fresca euforia del triunfo sandinista en Nicaragua, el mejor momento para la toma del poder de la izquierda quizá fue entre enero y marzo de 1980, pero sus grupos guerrilleros estaban divididos o en vías de unificación y sus frentes de masas, como el BPR, casi estaban desarticulados o sus bases habían pasado a la clandestinidad. De todos modos, el asesinato de monseñor Romero marcó la escalada insurgente y esa ofensiva fue el principio de combates más duros.

Los partes militares de la Radio Nacional chocaban con los de la Venceremos y su teatro de "La Guacamaya Subversiva" que muchos se atrevían a sintonizar sigilosamente en el naciente FM del dial.

En los meses previos era común encontrar al amanecer decenas de cadáveres, algunos mutilados, en las calles o en El Playón –casi como ocurre ahora–, mientras los combates habían comenzado a arreciar en el campo y empezó el desplazamiento de comunidades, que dejaban pueblos desolados tras de sí.

La guerra nos agarró a muchos entre sueños juveniles, con pantalones "punta de yuca" y pelo largo, música disco y prematuramente nos hizo madurar. Gran parte de esa generación tuvo que emigrar, cortando la herencia de tradición e historia de abuelos a hijos y de estos a sus hijos. Sólo así se explica que muchos jóvenes de ahora no tengan testimonios de primera mano ni idea de la guerra y sus causas.

Así como eran comunes las noticias sobre ataques, ametrallamientos y elecciones bajo las balas, también comenzaron a fluir las informaciones sobre el éxodo de salvadoreños hacia Estados Unidos y las tristes historias de compatriotas que morían de hambre y sed en el desierto de Arizona. La oficina de Migración, entonces en una casucha cerca del Centro de Gobierno, se veía abarrotada de gente que quería tramitar su pasaporte. Irónicamente se acababa de inaugurar el nuevo aeropuerto en Comalapa con su bien tapizada carretera. Epidemias de conjuntivitis y hepatitis golpearon a la población entonces.

Cómo no pasar en la mente esa película otra vez, con cierta tristeza, al oír a Sheena Easton con su "Tren de la Mañana" o la mezcla de las Estrellas en 45 o a Serrat con "No hago otra cosa que pensar en ti" o el "Amor eterno" de Diana Ross, que hizo vibrar a quienes vieron la película homónima, o la "Maestra vida" de Rubén Blades y Willie Colón.

El final de la guerra, que nunca pensamos que nos azotaría durante 12 años, nos tomó hastiados de la violencia, pero con esperanza y con cierta reactivación económica. El disco compacto o láser con su brillantez de sonido había sustituido a los rayados acetatos. El difunto Nat King Cole "revivió" ese año con su canción "Inolvidable" (Unforgettable), a dúo con su hija Natalie, en uno de los trucos de la magia de las mezclas. Desde 1986, la fiebre de los Oldies but goodies, con la música de Elvis, Bill Haley y Frankie Avalon, con su rock and roll, twist y go go de los 50-60, resucitaba 40 años después en bandas sonoras de películas, programas especiales de radio o sorprendía a los concurrentes a las discotecas, a la par de los éxitos de Michael Jackson o Witney Houston.

Los salvadoreños habíamos sido golpeados por un terremoto en 1986 y otra ofensiva en 1989, pero tuvimos signos de que algo mejor vendría, como la visita del Papa Juan Pablo II en 1982 y de la Madre Teresa en 1988 y habíamos visto cómo la Cortina de Hierro o el bloque soviético cayeron ante la sed de libertad de los pueblos de Europa del Este.

La larga noche de pesadilla con sus fantasmas acabó en 1992 y pudimos respirar en paz, la misma que ahora debemos preservar.

elsalvador.com, Comienzo y final de una guerra

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