LPG-La armonía de mi pueblo…

Posted on 2012/01/11

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Escrito por Óscar Picardo Joao
Miércoles, 11 enero 2012 00:00

opicardo@iseade.edu.sv

Tres mil azulejos dedicados al pueblo salvadoreño y a Monseñor Óscar A. Romero configuraban la emblemática fachada de la Catedral Metropolitana de San Salvador, diseñada y ensamblada por un colectivo artístico y artesanal bajo la dirección del reconocido artista Fernando Llort. Se trataba de una obra única, con la identidad policromática de La Palma, de La Semilla de Dios, con trazos de paz y de guerra que reflejaba la historia de un pueblo sufrido campesino que anhelaba la paz (como antecedente: algo similar ya había pasado en la iglesia de La Palma).

No hay noticias claras o transparentes de los iconoclastas posmodernos; el mural cayó de las alturas como vil ripio a punta de martillazos, fue trasladado en cumbos de indiferencia y apilado en un camión para tirarlo en algún relleno (así vimos circular una a una las imágenes en las redes sociales calzadas con frases de indignación); se escogió una fecha poco gubernamental, todo el mundo estaba de vacaciones, y se colocó un velo para que el vecino de enfrente Manlio Argueta, desde la Biblioteca Nacional, ni se diera cuenta y ni fuera a escribir algo al respecto. Pero como en este pueblito todo se sabe, apareció la noticia y, con ella, los poco aventurados argumentos de su excelencia el señor arzobispo metropolitano y de los ingenieros a cargo de la destrucción: que los azulejos estaban descoloridos, que algunos estaban flojos, que se podían caer, que no sabían que era patrimonio nacional, pero que no importa, que pueden hacer una réplica en el interior de la Catedral…

En síntesis, una muestra más de la campante ignorancia que cabalga en nuestras instituciones y que irrespeta las escasas manifestaciones de cultura, arte y conocimiento que tenemos.

Fernando Llort es un artista integral: pintor, escultor, muralista, compositor e intérprete. Su obra aglutina elementos místicos, filosóficos y teológicos; en su trabajo plástico se fusionan rasgos del pop art y de Joan Miró pero con su propia identidad, enfoques lineales, simétricos, polícromos, toques primitivistas o nayib de nuestra ruralidad y de lo maya (en los setenta, Fernando Llort fue Yóllotl, corazón en náhuatl).

En cada cuadro, mural, litografía, grabado, serigrafía, cerámica, instalación o escultura de Llort uno percibe inmediatamente la idiosincrasia salvadoreña; hay una especie de conexión rapsódica entre su obra que nos arraiga al entorno rural, a la milpa, al maíz, a las bestias, a los pájaros, a los campesinos y a la religiosidad popular. Los rostros parcos de su obra nos invitan a reflexionar sobre las angustias y sospechas de la gente. Hay mucho color y vida en el trasfondo, pero sus semblantes observan con cierto escepticismo; y no faltan aves o casas en cada pintura que nos hablen de esas ansias de alzar el vuelo y de ese sentido de pertenencia.

La obra de Llort la encontramos en cada rincón de los mercados de artesanías de El Salvador, y también en los más sofisticados museos del Vaticano, de Washington o de Nueva York. Es posible que Llort sea uno de los salvadoreños más universales –junto a Monseñor Romero y a Roque Dalton–, y a ninguno de los tres les hacen justicia… No hay turista o extranjero que se vaya del país sin una artesanía de La Palma, sin una foto de la fachada de la Catedral, sin una estampita de Monseñor Romero o sin un libro de Roque. Más allá de los gustos y de la estética particular, si estábamos de acuerdo o no con la fachada de la Catedral o con la decoración que realizó Llort cuando vino el papa Juan Pablo II, lo importante aquí es el respeto a la trayectoria de los artistas…

La armonía de mi pueblo…

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