Co Latino-Un destello de luz blanca (3) | 11 de Enero de 2012 | DiarioCoLatino.com – Más de un Siglo de Credibilidad

Posted on 2012/01/11

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René Martínez Pineda*

Lo que en Europa había sido ágil, limpio, ecuánime, ordenado, se convirtió de súbito en una pesadilla surrealista propia de la dimensión desconocida. En el tétrico puesto de migración, demasiado pequeño para meter dos mil personas a la vez, se formaban largas, sinuosas, laberínticas y apretujadas filas que llevaban, en la mayoría de casos, a ningún lado; eran filas incontables que volvían a su lugar de origen. Yo, inquieto, telúrico, embrujado, seguía sin tregua ni cuartel a la aparición sobrenatural, a la ánima espectral que parecía que era y no era al mismo tiempo; la seguía, instintivo, hasta que se perdía de mi vista cada vez que la fila entraba en una curva mortal. Un agente aduanal de aliento rudo y ceño fruncido -con el talante represivo de los militares que, otrora, hicieron de las suyas en mi país, impunemente, arrasadoramente, con la coartada de la seguridad pública- me preguntó, sin verme a los ojos, que si había llenado los formularios respectivos… y entonces, un temor proyectado del pasado dictatorial se apoderó de mis manos, cegándome como un destello de luz negra, lo cual fue una paradoja que, en ese momento, no pude descifrar.

Le mostré el formulario que, con rigor analfabeta, había completado en el avión. ¡Este no es! me dijo, en un tono innecesariamente alto y afilado, como queriendo establecer, de entrada, jerarquías de mando militar en un mundo civil. Tiene que llenar el formulario F-83 de pasajeros en tránsito; el F-54 de los que vienen de noche; el F-35 de los que sólo traen una maleta de mano; el F-12 de los que sienten nostalgia; el L-61 de quienes tienen la piel morena y los ojos cansados; el IM-4, de los que usan lentes de aumento y nacieron en marzo; la declaratoria de su paso por México; el FM-89 de los que se oponen a que un reaccionario de derecha dirija organismos de inteligencia del Estado; la visa; la declaración autenticada de que no ha sido excomulgado por la iglesia católica; la declaración jurada ante dios de que no tiene enfermedades venéreas; y estos otros tres más para que nos relate, en no menos de tres páginas, sus preferencias sexuales. En total, catorce formularios con preguntas inverosímiles que difícilmente pueden ser respondidas por alguien con un coeficiente intelectual normal, pues, están formuladas por estúpidos.

Por fin, después de rezar veinte Padres Nuestros, doce Credos, diez Yo Pecador, y cinco Aves María, el agente aduanal –que no se tomó la molestia de leer las dichosas respuestas que escribí en los formularios, porque eso no es relevante para la burocracia- puso, con gesto enérgico, el tan ansiado sello que me devolvía la libertad de viajar, y de seguir buscando a ese destello de luz blanca que, por cosas del destino, había dejado olvidada su maleta justo al lado de la mía. Aún tenía que pasar por el puesto de inspección de equipaje, y ahí, con un raudo lance de prestidigitador colegiado (como el que usan los partidos de derecha para hacer desaparecer los votos de sus oponentes, o para robarse, legalmente, todos los bienes públicos) desaparecieron -¡ante mis ojos!- tres cajetillas de cigarros y dos perfumes traídos de ultramar; un calzoncillo de usadas tan inciertas como feroces; y un libro de poemas de Benedetti dedicado, en secreto, a la musa que lo había recluido en la cárcel clandestina de su cuerpo desnudo y abierto como una flor de dos pétalos.

Salí, desesperado, en busca de la aparición que se había diluido tras el bullicio de olores inenarrables. No la hallé. Mi única opción era pedir un auxilio agónico y absurdo, así que me dirigí, con la osadía olvidada en las calles del San Salvador de los años 70s y 80s, hasta el mostrador de Air France. Con ademanes sísmicos y dramáticos, le expliqué al encargado que la señorita que venía sentada en el lugar 55-E había olvidado su maleta, y que me urgía saber su nombre y dirección para devolvérsela en persona. El encargado, con la misma sonrisa anunciada que usan para indicar la llegada o partida de los vuelos, me dijo, con una voz funeraria difícil de evadir y rebatir, que “en ese lugar no venía sentado nadie, señor”. ¡Cómo que no venía sentado nadie! -le contradije, en el borde del colapso- y le aclaré que yo mismo había venido velando su sueño durante el vuelo de París a México. ¿Está seguro? Le repregunté, a la espera de un misericordioso error burocrático u ocular. Y entonces, respirando lo más hondo que pudo me dijo -con la boca torcida hacia la izquierda y los ojos bailoteando en sus cuencas inmóviles-: ¡Claro que estoy seguro! porque ese asiento no existe, señor. “Next”, dijo, como si de repente yo hubiera desaparecido por completo de su vista.

Yo, aturdido, me devolví sobre mis pasos, lento, acongojado, con la mirada propia de quienes, de niños, han sido jugados por el diablo por no haber sido bautizados o por haber desobedecido a mamá; así, así como había quedado mi conciencia cuando, de joven, fue “jugada” por la utopía de un mundo mejor que, hoy, no encuentra el camino por ningún lado. En un instante, fui envuelto por la algarabía inenarrable que se paseaba por las infinitas salas de espera fusionando las culturas más distantes. En el fondo, una voz sensual avisaba que el avión que me traería del pelo hacia el país, saldría en quince minutos, los que definitivamente me alcanzaron para arrastrar la pesada maleta que había sido olvidada por ese destello de luz blanca, o que había sido olvidada por mi utopía social, porque, al revisarla, encontré que estaba llena de recuerdos futuros, de rebeldías renacidas, de caminos clandestinos, de lugares secretos, de pies colocados en el pecho para hacer menos dolorosa la nostalgia, de pecados colectivos y osadías culturales… y de aspiraciones supremas, esas aspiraciones que me llevan a desear alcanzar el cielo con mis palabras… o a codificar en una metáfora fulminante unos ojos que siguen siendo los más bellos del mundo, a pesar del dolor de espalda que le causó el cargar un bulto tan pesado. Fue entonces que comprendí que el destello de luz blanca era, sin existir, la nostalgia que se había envalentonado por tantos días de ausencia; una nostalgia que, hasta antes de ese largo viaje, siempre se había disfrazado de utopía.


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