LPG-En cualquier circunstancia, hay que proponerse un país mejor

Posted on 2012/01/09

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Escrito por David Escobar Galindo / Escritor
Lunes, 09 enero 2012 00:00

“Lo verdaderamente importante es hacer que la sociedad pase de ser un predio baldío para muchos a ser una parcela acogedora y proveedora para todos”.

Los salvadoreños estamos recibiendo 2012 con una generalizada sensación de que la realidad nos pesa más que nunca. Y cuando una sensación de esa índole es tan evidente y extendida, lo que se impone hacer, como mínimo, es prestarle la debida atención a tal sentimiento, a fin de tomar medidas correctivas y preventivas para que no se instale en el ambiente de forma irreversible. Históricamente, no es la población la que ha fallado, sino los liderazgos. Eso se puede rastrear desde la Independencia, pues, una vez declarada ésta, no se manifestó en nuestro país el proyecto de construcción nacional que le hubiera proporcionado a la sociedad en su conjunto los mecanismos de estabilidad y progreso que son indispensables para asegurar una vida social y política verdaderamente compartible. Y tal ha sido la experiencia constante desde entonces.

Llegamos a la democracia muchísimo tiempo después de lo que hubiera sido deseable, aunque aquí se podría aplicar aquello de “nunca es tarde si la dicha es buena”. Como tantas veces hemos repetido, el poder establecido tuvo que aceptar la democracia por necesidad, no por convicción; y esa inconsistencia de origen ha determinado el accidentado ejercicio posterior. Pero también hay que reconocer que la “necesidad” aludida ha inducido la irreversibilidad de la opción. Estamos condenados a la democracia, en el más virtuoso sentido del término. Y en tales condiciones, lo más importante es dejar de ver hacia atrás y enfocarnos —todos, sin excepción— hacia el futuro desde la tierra firme del presente. Con ese punto de perspectiva, y en referencia al título de esta columna, habría que preguntarse: ¿Qué significa UN PAÍS MEJOR?

UN PAÍS CONSCIENTE DE SÍ MISMO. La comunidad nacional no es una máquina que está aquí por casualidad, sino una forma de conciencia que se va haciendo realizable en el tiempo. Por consiguiente, tomar posesión de esa conciencia es absolutamente necesario para que el país pueda funcionar como tal. Y uno de los componentes básicos de dicha conciencia es el respeto, a todo y a todos. Así, por ejemplo, no se producirían flagrantes faltas de respeto al sentimiento ciudadano como fue la demolición abrupta e inconsulta del mural en la fachada de la Catedral Metropolitana, en el que había una expresión a la vez religiosa y artística muy vinculada con nuestra propia simbología. Tenemos que superar la “cultura” del voluntarismo impune, que se hace valer de tan diversas formas sin el menor cuidado ni la mínima consideración.

UN PAÍS INTEGRADO. Venimos de una larguísima experiencia de país dividido, y no sólo como sujeto político sino, más profundamente, como sujeto histórico. La división interna se nos volvió un síndrome que fue sustituyendo de manera cada vez más perversa al verdadero ser nacional. Hoy habría que preguntarse: ¿Dónde está nuestro ser nacional? ¿Qué somos y qué queremos ser? Ni los políticos ni los economistas pueden responderlo, ni les interesa. Quizás los psicólogos, los antropólogos y los sociólogos, en misión compartida, podrían dar pistas. Pero lo que más importa es que la integración del país se vuelva tarea de primer orden para todos. Y aquí empalmamos con lo dicho en el párrafo anterior: la conciencia de ser un todo nacional es clave. Un todo en el que cada ser humano partícipe tiene el mismo valor que los demás, de hecho, no de palabra.

UN PAÍS SEGURO. Y no sólo en las calles, en los caminos y en las casas, sino en la vida en todos sus ámbitos y expresiones. Necesitamos a gritos la seguridad básica de ser ciudadanos que tienen derechos que se hacen realidad, y que no son sólo palabras impresas en el texto constitucional o en los artículos de las leyes secundarias y los reglamentos. Desde luego, la inseguridad generada por el auge incontenido de la delincuencia en todas sus formas mantiene al país entero en emergencia, aunque el mapa de la criminalidad se concentra en algunas zonas y ésta se da sobre todo entre las “maras”. Establecer la seguridad implica, pues, todo un proyecto que abarque lo preventivo y lo punitivo al mismo tiempo. En tanto no exista dicho proyecto se seguirán desperdiciando energías sin lograr resultados que valgan la pena.

UN PAÍS EN FUNCIÓN PROGRESISTA. Es decir, un país que crece progresivamente en beneficio de todos sus nacionales, independientemente de la ubicación socioeconómica de cada quien. Para empezar a lograr que esto se haga vivencia sostenible es necesario dotar al sistema de vida de los mecanismos que aseguren el crecimiento, de los filtros que controlen el egoísmo y de los estímulos que potencien la solidaridad. Se ha venido repitiendo la distorsión de confundir progresismo con populismo. Hay que salir de una vez por todas de esa trampa conceptual. Progreso significa y debe significar evolución convertida en oficio creador de felicidad. Lo verdaderamente importante es hacer que la sociedad pase de ser un predio baldío para muchos a ser una parcela acogedora y proveedora para todos.

En cualquier circunstancia, hay que proponerse un país mejor

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