LPG-2012… sentir que 20 años no es nada…

Posted on 2012/01/07

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Recuérdese siempre que nadie va a una guerra pensando en que terminará en una mesa de negociación: todos sueñan con el gran desfile de la victoria y con las diversas credenciales del vencedor.

Escrito por David Escobar Galindo
Sábado, 07 enero 2012 00:00

En 1935 se grabó por primera vez “Volver”, el tango de Carlos Gardel y Alfredo Lepera que es una de esas expresiones musicales que están más allá de las veleidades del gusto y del tiempo. A ese tango inmortal pertenece la frase que está en el título de esta columna. Por otra parte, es común el dicho que hace uso del título de dos novelas en serie del también inmortal folletinista histórico francés del siglo XIX Alejandro Dumas padre: “Los Tres Mosqueteros” y “Veinte Años Después”; y así se dice: “No es lo mismo Los Tres Mosqueteros que Veinte Años Después”. En otras palabras, y asumiendo ambas enseñanzas, cada una con su propia carga de verdad: el tiempo que pasa es a la vez un cúmulo de experiencia vivida y una sensación de fugacidad inatrapable. En ese doble sentido hay que asumir lo que ocurrió hace justamente 20 años en nuestro país.

Para los que vivimos desde la entraña el proceso de negociación que concluyó el 16 de enero de 1992 con la firma del Acuerdo de Paz en aquella inolvidable ceremonia matutina escenificada en el Castillo de Chapultepec, este aniversario tiene connotaciones nostálgicas inolvidables; pero ahora lo más importante es el efecto producido por aquella firma, y no por los que firmaron sino por el contenido y la trascendencia de lo suscrito. Nuestra historia nacional estuvo, desde el comienzo de la era republicana, llena de desencuentros. Hasta el punto que llegó a parecer irremediable que nuestra sociedad fuera un campo de batalla perpetuo, y de una guerra sorda y en muchos sentidos invisible. Por ello, el que la guerra se hiciera visible y audible en 1980 fue —aunque parezca una escalofriante paradoja— providencial.

Para emprender la ruta de la pacificación unitiva teníamos que hacer la prueba de fuego de la conflagración fratricida. Y esta se dio con todas las condiciones de un conflicto bélico en el verdadero sentido del término. Tengo que referir aquí una experiencia muy personal: a comienzos de 1971, cuando se produjo el secuestro y la muerte de Ernesto Regalado Dueñas, tuve una sensación que iba más allá del hecho en sí. Esa sensación era la de graficarme emocionalmente que se venía encima la guerra, con todas sus consecuencias. Escribí y publiqué de inmediato un poema llamado “Duelo ceremonial por la violencia”. Era mi reacción espontánea de poeta pacífico. Ya en la guerra desatada, entendí, por ejercicio de razón, que los salvadoreños fuimos construyendo la guerra a lo largo del tiempo, y que llegar a otra fase implicaba pasar por ella.

La primera gran dificultad por superar era que las partes en guerra llegaran a aceptar que el final de ésta ya no podía ser una victoria militar de ninguna de ellas. Recuérdese siempre que nadie va a una guerra pensando en que terminará en una mesa de negociación: todos sueñan con el gran desfile de la victoria y con las diversas credenciales del vencedor. Y así ocurrió en la nuestra. Eso lo soñaron ambas partes hasta noviembre de 1989. La llamada Ofensiva hasta el Tope fue el último intento de convertir la mesa de paz en mesa de rendición. Nadie pudo, a Dios gracias. Los guerreros de ambos lados tuvieron que volver ya con las armas sometidas. La solución sin vencedores ni vencidos había levantado cabeza por fin. Sólo era cuestión de tiempo el construirla.

Para que se posibilitara dicho tipo de solución tuvieron que concurrir virtuosamente tres componentes indispensables: el que internamente ninguna de las dos partes en guerra hubiera sido capaz de atraer el apoyo popular suficiente para inclinar la balanza a su favor de manera definitiva; el que internacionalmente se estuviera dando un giro desactivador de la llamada Guerra Fría, dentro de cuyo esquema de artificios la nuestra era un guerra ideológica, cuando en la realidad era una guerra política; que en vista de lo anterior, ambas partes comenzaran a entender que les convenía más avanzar hacia un desenlace político que persistir en el desgaste militar. De ese enlace de circunstancias fue surgiendo el hilo de acuerdos que culminó con el Acuerdo de Paz. Por eso cualquier visión o análisis unilateralista es una deformación interesada de lo que ocurrió.

Es curioso cómo, a 20 años de aquel 16 de enero, sigue viva la tentación de buscar interpretaciones que abonen a alguna de las posiciones de antaño. Lo que necesitamos, como insumo benéfico para entender el pasado, descifrar el presente y anticipar el futuro, es el trabajo de comprensión desapasionada, que desentrañe el porqué de los hechos, en su hilván evolutivo. Eso no lo hemos hecho respecto de ninguno de los acontecimientos fundamentales de nuestro devenir histórico. Es hora de ponerle fin a ese descuido injustificable.

2012… sentir que 20 años no es nada…

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