EDH-Un mejor año

Posted on 2012/01/07

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Por José María Sifontes* Viernes, 6 de Enero de 2012

Conozco a una persona quien hace unos años visitó, por motivos de trabajo, una pequeña ciudad de Idaho. En realidad es una zona semirural, de aproximadamente 2000 habitantes, que en su mayoría trabaja en fábricas o en la agricultura. No hay mayores pasatiempos, salvo las actividades de temporada que se marcan muy definidamente por los climas extremos. Los pobladores son gente fuerte que se ha adaptado al calor intenso del verano y a las fuertes nevadas del invierno.

Regresó impresionado. Pero lo que lo impresionó no fueron los paisajes, tan diferentes a los nuestros; tampoco el clima para el que iba ya preparado, ni la pintoresca arquitectura de las casas. Lo impresionó la actitud de la gente y la forma en cómo se relacionan unos con otros. Fue el espíritu de comunidad que se notaba por doquier lo que lo sorprendió. Cuenta que allá las personas se interesan genuinamente por los demás, están pendientes de las necesidades de sus conciudadanos y se ayudan en todo lo que pueden. La vida es dura en esos territorios, con frecuentes percances climáticos, pero las contrariedades los unen más y los vuelven más abiertos y generosos. "Sólo se enteran que tienes un problema y ya están listos para ayudar", me dijo.

El relato me sorprendió a mí también, pues ambos, sin decirlo, comparamos la actitud de las personas de ese pueblo de Idaho con la que hemos ido formando en nuestro país. Lo que sorprende –y entristece– es precisamente que nos sorprenda, ya que notamos cuán diferentes a esos pobladores lejanos nos hemos vuelto. Vemos el contraste con nuestra realidad cotidiana. Nos hemos convertido en una sociedad recelosa, dura e indiferente al dolor ajeno. Hemos ido perdiendo el sentido de la solidaridad, de hacer el bien por el simple hecho que formamos parte de una misma comunidad y, desgraciadamente, muchas veces nos tratamos como enemigos sin motivo alguno.

Se podría decir que lo que sucede en ese pueblo es debido a que son una comunidad pequeña y que todos se conocen. Pueda que esto tenga algo que ver. Pero hay un hecho que no se puede negar: los salvadoreños fuimos una vez así. Hemos sido un pueblo generoso con una gran voluntad de servir y de ayudar. Esto se expresa rápidamente cuando tratamos a los extranjeros o cuando se juntan grupos de salvadoreños en el exterior. Ahí sale a flote esta naturaleza.

¿Qué nos ha ocurrido? Las penas por las que hemos pasado y pasamos definitivamente nos han endurecido y hecho hostiles. Desconfiamos de todos, lo que nos quita la oportunidad de ayudarnos y salir de esta trampa en la que nosotros mismos nos metemos.

Todos deseamos paz, que termine la violencia absurda que tanto dolor nos trae. Pero la paz sólo vendrá si cada uno de nosotros contribuimos con nuestra actitud a que las cosas cambien. Debemos comenzar cambiando nosotros, en nuestra vida diaria, en nuestro trabajo, a través de nuestra posición. Una sociedad salvadoreña mejor es posible, basta que cada uno se dé cuenta que puede contribuir con su propio cambio.

En mi último artículo terminé con la frase: "Paz a los hombres de buena voluntad". Esta conocida consigna es la clave. No es sólo una exhortación de temporada, es una guía. Cambiemos nuestra actitud hacia nuestros semejantes, conocidos y desconocidos, y veremos cómo nos irá mejor en el 2012. Juntos, ayudándonos unos a otros, hagamos que sea un buen año.

elsalvador.com, Un mejor año

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