LPG-Los picapiedras

Posted on 2012/01/05

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La destrucción del mural del artista Fernando Llort, en la Catedral Metropolitana, derribó algo más que una pared decorada con cerámica. Los dibujos de Llort integran el patrimonio iconográfico del país con el espíritu de las bienaventuranzas. Hablan de un lugar pacífico, fraterno, lleno de luz. Describen un espacio donde se vive en armonía con la naturaleza. Son la imagen del “otro” país: el país soñado.

Escrito por Miguel Huezo Mixco
Jueves, 05 enero 2012 00:00

A algunos podrán no gustarles, pero todos coincidiremos en que constituyen un signo de identidad. Solo personas incapaces de captar esa relación profunda de la gente con esas imágenes pudieron decidir, celebrar y justificar semejante acto. Quizás sin mala voluntad, sino solo por torpeza e ignorancia.

El mural de catedral era el “códice” de la imaginería creada por Llort. Se elevaba justo en el lugar donde el país vivió momentos de enorme convulsión política y social. El título del mural no podía ser más explícito: “La armonía de mi pueblo”.

¿Tendrá la jerarquía católica el coraje para abandonar su disparatada idea de colocar en ese mismo lugar estatuas de mármol? ¿Serán humildes los obispos y repararán el destrozo, no con una misa cantada, sino erigiendo un nuevo mural?

El daño está hecho. La catedral ha perdido el único detalle de originalidad que poseía. El templo, inaugurado a finales de los años noventa, como ha anotado Amparo Marroquín Parducci, es “un pastiche de estéticas” y el “reflejo de un país sin muchas claridades”. En ese edificio viven, en realidad, dos iglesias. La de “arriba”, coronada por una cúpula donde se distingue un grupo de indígenas emplumados, como sacados de una película de Hollywood. La de “abajo”, la de las catacumbas, que tiene como centro la devoción a Óscar Romero, enfundado en su sarcófago de templario.

La fachada, decorada por Llort, era como un gigantesco souvenir de La Palma. Cautivaba sobre todo a los visitantes extranjeros. Por allí he dejado dicho que el escritor Carlos Monsiváis, cuando vino a San Salvador, quedó impresionado por aquel diseño. “No hay nada igual en el mundo”, me dijo. Quizás le evocaba el alucinante templo de Santa María Tonantzintla, en Cholula, la iglesia más bella del mundo, poblada de ángeles indígenas, flores, frutas y plantas.

Un gigantesco souvenir, sí, como los íconos que enorgullecen a los habitantes de numerosas ciudades del mundo, pero sin la pedantería de las estatuas y las torres. Un monumento hecho a la medida del país, ahora deshecho a golpes, como lo manda la tradición nacional.

El desaparecido mural no salió de la nada. La imaginería de La Palma nació del contacto de un grupo de artistas con los artesanos del norte del país. En los años setenta, viajar hasta La Palma a respirar el olor a pintura y madera en el taller de Llort, o en el de Guillermo Huezo, era parte de una búsqueda de fraternidad y vida frugal. La utopía de estos artistas era, como lo escribió Fernando, “forjar una raza de guerreros de la belleza, de la creatividad, de la no-envidia, y del respeto a la sangre y la memoria”.

Aquel experimento, hecho con el corazón, surgido en medio de una época feroz, fue un éxito. La Palma, donde tuvo lugar el primer diálogo para poner fin a la guerra civil, se convirtió en el símbolo de la reconciliación. Donde hay salvadoreños existe alguno de esos dibujos coloricos, que imitan los diseños de Llort. En ellos se funden la estética y la memoria. Ese vínculo es indestructible. Ahora lo saben los picapiedras: el mural de catedral era más que una pared cubierta de cerámica.

(Lea más en: http://talpajocote.blogspot.com/)

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