EDH-Los mártires olvidados

Posted on 2012/01/05

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Por Mario Vega.05 de Enero de 2012

En las primeras décadas del Siglo XX Nahuizalco se convirtió en un centro de interés para los misioneros evangélicos. Alejandro Roy MacNaught, quien se había entrenado en Guatemala en la evangelización de los pueblos originarios, llegó a Juayúa en 1928, con el propósito de iniciar la obra evangélica entre los pipiles de Nahuizalco. Muy pronto llegó a ser pastor de la nueva iglesia evangélica Pedro Bonito, un joven pipil con liderazgo y con fama de trabajador. Algo parecido sucedió con Eulalio Rivera, otro pastor pipil que dirigió una segunda iglesia evangélica en Nahuizalco.

Para la época, el ataque a las nacientes iglesias evangélicas era muy fuerte. El Premio Nacional de Cultura, Rafael Lara-Martínez, en su ensayo: "Balsamera bajo la guerra fría", muestra cómo se produjo un deslizamiento del término "comunista" hacia el de "indio". Una categoría política se hizo equivalente a otra de carácter étnica. Por su parte, Rodolfo Cardenal en "El poder eclesiástico en El Salvador", menciona que el arzobispo de San Salvador José Alfonso Belloso, afirmaba que la relación liberalismo-protestantismo-comunismo estaba clara. Así las cosas, las perspectivas no pintaban bien para las nacientes iglesias, que eran tanto indígenas como protestantes.

Al estallar el levantamiento de enero de 1932, según Lara, las fuerzas gubernamentales no sólo aplastaron a los dirigentes y estructuras políticas, sino que bajo el pretexto de la sublevación continuaron con un vasto etnocidio. La suerte estaba echada para las iglesias de Nahuizalco. El pastor Pedro Bonito fue fusilado junto a su esposa. Igual suerte corrieron los demás evangélicos de la población y los alrededores. El pastor Eulalio Rivera fue injustamente capturado y llevado al cementerio del pueblo donde fue fusilado frente a su esposa.

MacNaught escribió de los acontecimientos: "Estos ladinos han rodeado a todos los creyentes que pueden encontrar y los han fusilado (…) Esta liga ladina entró en nuestra capilla ahí, quemó todas las biblias, sacó todas las bancas, la lámpara de gasolina, la gasolina, una frazada mía, la mesa, todas las pertenencias de Pedro [Bonito], de hecho limpiaron la capilla. [Ellos dicen que] Los creyentes son comunistas genuinos. (…) Los Nuevos Testamentos son propaganda comunista. (…) Los protestantes habían sido los cabecillas [de la revuelta]."

A pesar que MacNaught reconoce el sentido étnico de la represión "a los indios los odian como nunca", su rechazo a las ideas socialistas le lleva a justificar las acciones represivas, incluso contra sus hermanos en la fe que él sabía eran víctimas inocentes: "No podemos decir que el Gobierno fue demasiado severo".

Otro misionero, William Cameron Townsend, llegó incluso a invertir los hechos atribuyendo a los insurrectos indígenas el deseo de "destruir … los templos". Después de los acontecimientos MacNaught hizo nuevos intentos por refundar las iglesias, lo cual no fue posible pues "Nahuizalco quedó sin población indígena masculina".

Lara concluye: "A los primeros mártires protestantes –en particular a los creyentes indígenas, Pedro Bonito y su esposa– los absorbe el olvido de sus propios guías espirituales". La memoria de los pastores fusilados Pedro Bonito, su esposa, Eulalio Rivera y los demás creyentes sacrificados, cuyo número quizá sea muy difícil de conocer alguna vez, debería ser motivo de recordación, respeto y de más investigación.

En palabras de Manuel Castro Ramírez "los pueblos se enlazan con la muerte el día en que se divorcian de su historia".

elsalvador.com, Los mártires olvidados

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