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Posted on 2012/01/05

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Juan Aguilar

ESTOCOLMO – Contrariamente a lo afirmado por el Arzobispo de San Salvador, los mosaicos de la obra de Fernando Llort sobre la fachada de la catedral metropolitana no estaban deteriorados. Lo puede atestiguar cualquiera de los turistas nacionales y extranjeros que en las últimas semanas se apersonaron a contemplar esa obra que por su magnificencia, nunca necesitó de algún trámite burocrático para ser considerada, de hecho, patrimonio cultural de El Salvador y del mundo entero.¿Se pretende engatusar a un pueblo entero con conductas propias de un niño mentiroso? La cerámica es uno de los materiales más resistentes a la corrosión y al tiempo, que se conocen. ¿No son los trabajos en cerámica uno de los testimonios más fidedignos de la antigüedad de la civilización humana? Los mosaicos de Llort en la fachada de la catedral, apenas tenían quince años de haber sido elaborados primorosamente.

Por su resistencia a los agentes externos, de cerámica está revestida la caparazón de los transbordadores espaciales que los Estados Unidos envía al espacio sideral en misiones diversas.

La obra fue desmantelada con métodos grotescos, no retirados en forma cuidadosa como afirman José Luis Escobar Alas y la arquitecta representante de la firma Molina que aceptó la ominosa tarea de destruir la insuperable obra de Fernando Llort. Hay documentos fotográficos que muestran los azulejos convertidos en ripio, producto de la acción de una herramienta hidráulica de las que se usan para roturar pavimentos.

Era esa obra una de las más poderosas atracciones del turismo nacional y extranjero hacia San Salvador, puesto que el trabajo del artista iba más allá del arte mismo. La creación de Llort se constituyó en uno de los más importantes símbolos de la paz en que vive ahora la clase política de El Salvador, y de la reconciliación de los hermanos empujados a enfrentarse en el conflicto armado.

Todo un monumento a la eterna memoria del gran benefactor de los pobres en nuestro país, Arnulfo Romero, era la obra de Fernando Llort.El alevoso acto de violencia sobre el meticuloso trabajo del muralista en cerámica es solo comparable a la quema de obras de arte y bibliotecas; a las hogueras que cegaron la vida de numerosos hombres de ciencia, artistas e intelectuales, durante la larga noche de terror que impusieron sobre el ser humano, la inquisición católica y otras expresiones del fanatismo religioso.

El arte de la iconografía religiosa es un antiguo, oscuro y tenebroso campo de batalla de las múltiples fracciones que medran al interior del catolicismo.La obra del muralista Llort inmortalizaba en la fachada de catedral el estilo iconográfico que popularizaron los teólogos de la liberación, quienes tomaron partido a favor de la lucha por la justicia social en nuestro país. Para ellos la iglesia era el pueblo pobre; y el Cristo de nuestros días, obreros, campesinos, sindicalistas; los hombres, mujeres y niños que dieron y dan todavía su sangre, para la redención de absolutamente todos, en este país; puesto que, según aquellos teólogos, la redención del pobre implica la redención del rico; la redención del hombre implica a la mujer y al niño. Tales conceptos eran los que se reflejaban en la fachada de catedral, bajo el influjo de la obra de Fernando Llort.

La devastación de esa obra magnífica conlleva todos los indicios de un intencionado ataque sectario del catolicismo tradicional y retrógrado, en contra de la huella dejada tras de sí, por la teología de la liberación en nuestro país. No en balde el máximo líder espiritual que inspira los actos del catolicismo mundial, hoy día, es antiguo militante de las juventudes hitlerianas.

En las palabras del obispo de San Salvador se descubre que el verdadero objetivo de la abominable acción que nos ocupa es, sustituir la iconografía plasmada por Fernando Llort en la fachada de catedral, considerada por parte del clero como subversiva, por un icono del catolicismo clásico.Y en el imposible intento de justificar lo injustificable, el prestigio y la credibilidad que José Luis Escobar Alas buscó siempre en sus conferencias dominicales, han quedado heridos de muerte. De aquí en adelante su mundo serán las sombras, que de seguro, como las erinias y furias de las leyendas griegas, le atormentarán para eterna memoria por el hecho de haberse implicado conscientemente en un crimen contra el arte, solamente comparable con los abominables hechos de la antigua inquisición en contra de la cultura universal, y comparable a los ofensas que los enemigos del obispo mártir aún dirigen en contra de su recuerdo.

En el imposible intento de justificar lo injustificable, José Luis Escobar Alas, hubo de omitir por completo el octavo mandamiento que ordena: "no mentirás". Mintió a los hombres y mujeres de los medios de comunicación; y con ello mintió al pueblo todo.

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