Co Latino-Un destello de luz blanca (2) | 04 de Enero de 2012 | DiarioCoLatino.com – Más de un Siglo de Credibilidad

Posted on 2012/01/05

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René Martínez Pineda*

Defraudado, me puse a revisar los lejanos asientos de mis compañeros, mientras una azafata de ademanes teatrales indicaba las salidas de emergencia, recurriendo a las señas, tan inenarrables como efectivas, de los managers de béisbol, lo cual me pareció inútil, pues, una caída desde doce mil metros, a una velocidad constante de mil kilómetros por hora, era, según mis ignotos cálculos de física, una sentencia de muerte que ni los conjuros de mi abuela podrían rebatir.

Después del despegue, cuando el avión estabilizó su vuelo, los pasajeros hicieron uso de sus métodos de relajación: quitándose los zapatos, durmiendo o simulando dormir, hablando sin cesar, buscando ansiosos los tragos ofrecidos, oyendo música gangosa, mirando la pírrica TV que indicaba la posición, altura y velocidad del avión… y yo, contemplando, esclavizado, el vaho tenue que manaba de la aparición sobrenatural sentada a mi lado. El silencio sólo era mecido por los mullidos pasos de las azafatas que repartían la racionada e insípida comida. Pero, ella no se despertó en las primeras ocho horas de vuelo y parecía aferrada a un sueño interminable y luminoso.

Durante ocho horas de vuelo inmóvil, estuve cuidando –como si ese hubiese sido mi destino- su sueño de niña remota, cobijando sus pies perfectos, leyendo sus sueños, platicándole sin respuesta. Cuando (doblegada, ella, por un sueño metálico; y rendido, yo, por una ingrávida devoción) se recostó en mi hombro, con un gesto tierno y tibio, y me cubrió con su frazada con una intimidad impropia para dos recién desconocidos; y sobre todo cuando yo, aprovechándome de tal situación, me recliné sobre su cabeza (simulando estar dormido o muerto) pareció que el avión se había quedado prendido del fatuo silencio y del unánime frío que, afuera, lo llenaban todo de destellos de luz blanca, mientras yo me maldecía y lapidaba por no tener el valor para robarle un beso.

Durante ocho horas no pude despegar, ni por un instante, mis ojos desvelados de la tenue y dulce mujer que parecía una luciérnaga fantasmal acurrucada en mi pecho, porque (sin ella saberlo, y sin sospecharlo yo) me había atado con los hilos invisibles de la utopía social que, recién entrado el otoño posbélico, estaba a la espera de la mano que la levantara del suelo. Mis labios, resecos por una ansiedad retenida, nada pudieron hacer por hacer mía esa utopía armada, porque no era martes y la luna no se encontraba en marzo, como hubiese sido lo ideal para invocar a Afrodita, la diosa milenaria que es capaz de juntar el agua con el fuego. Ocho horas que no bastaron para tejer, hilo a hilo, la enredadera de su historia; ni para adivinar su origen misterioso como grabado lunar. Desde los barrotes precarios donde me até para contemplarla en silencio, pude calcularle unos veinte años, aunque de pronto recordé que el tiempo se olvida de pasar por las apariciones sobrenaturales, así que podría tener cualquier edad.

Sin previo aviso, abrió los ojos de forma leve, como su sueño había sido, y aún conservaba el embrujo en los ojos que eran, a pesar de tanto encierro, los más bellos de este mundo y del otro. Al percatarse de que estaba recostada en mi hombro, esbozó esa sonrisa imbatible que doblega protocolos migratorios y, sin decir nada, colocó el asiento en posición vertical y guardó silencio. No me dirigió la palabra, no obstante yo la incomodaba con la mirada -meticulosa y febril de madurón apedreado- para que ella adivinara lo que ésta decía. Los otros pasajeros, ajenos a la fantasmagoría que me abatía, lucían desesperados, hambrientos… y volvían sus ojos de prenáufragos buscando a las azafatas que nos llevarían la última cena. Fue una comida rápida y fría, de la cual nadie pudo establecer con seguridad su procedencia y fórmula malsana. No obstante, devoramos fervorosos esa incógnita culinaria en un rito automático. Todos, menos ella, que se limitó a decir, con una voz del otro mundo: “sólo café, por favor”; y dejó esparcido un vaho de vainilla. Mientras sorbía, con pausas primaverales, su café negro, yo ingería –con cristiana resignación- ese amasijo monocromático que sabía a carbón con zacate, masticando cien veces cada bocado sin apartarle la mirada.

Al terminar de comer, me percaté de que tenía el cuerpo unánimemente agarrotado y, por primera vez, me dirigí al diminuto baño (en el que no se podía orinar y reír a la vez) aprovechando el armisticio que abolió las cadenas de mi embrujo debido al retorno a la vigilia. Por un instante, el espejo me hizo ver la realidad: la soledad. Al regresar, dando tumbos para allá y para acá, salí ileso de los fogonazos orales que la guatemalteca indecisa tiraba a diestra y siniestra –con una voz chillona y cantadita- para mal ocultar su pánico aéreo. Fue entonces que noté la locura cultural que en el avión se había tomado la libertad de reproducir las sociedades de las que proveníamos, sobre todo el rito –derivado de la pobreza- de convocar la alegría cada vez que la comida nos acompaña, porque –para los latinos- la comida es el soporte tangible de la felicidad que los hace olvidar que viven pobres.

Todos hablaban, comían y reían, irradiando un júbilo fortuito muy parecido al de los bautizos pueblerinos o, mejor aún, al de los cumpleaños. Todos iban y venían al baño, ya sea para desahogar sus maltratados riñones, o para estirar las piernas con una excusa irrebatible. Todos, menos el tipo que, a mi derecha, no movió ni un gramo, ni un centímetro –ni por un segundo- sus trescientas libras de peso muerto que, inoportunas, se desparramaban en el asiento contiguo, triturando a la pobre mujer que venía a su lado. Una azafata pasó, al final de la masticadera implacable, por los platos y cubiertos de juguete con los que resulta imposible comer de forma civilizada. Cuando llegó al asiento 36-F, se dirigió al hombre que parecía rumiar, con sarcasmo, la comida. Su plato, por favor, le dijo, en un español mal practicado. Él, echando la cabeza hacia atrás y poniendo ojos de deudor sorprendido, le respondió, en un tono alejado de la vergüenza: “ya me lo comí”. La azafata, más sorprendida aún, se apresuró a apartar su mano del alcance de sus mandíbulas amenazantes. Llegamos, después de vaciar todo lo que el avión traía con apariencia de comestible, al enrarecido aeropuerto de México, y eso fue como entrar de golpe y porrazo en la dependencia neocolonial.

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