Co Latino-Criterio público y decisión política | 04 de Enero de 2012 | DiarioCoLatino.com – Más de un Siglo de Credibilidad

Posted on 2012/01/05

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Oscar A. Fernández O. Opinión

La evolución de “lo público” a lo largo de la historia, en constante dialéctica con el espacio de “lo privado”, es lo que permite caracterizar el concepto de “opinión pública”, que aparece con el ascenso político de la burguesía, mediante instituciones como el parlamento y los mass media entre otros.

El debate conceptual sobre el binomio público-privado, es relevante para los fines de este debate. A partir de ubicar que diversos actores de la sociedad civil actúan desde el espacio de «lo privado» proyectado, en cuanto a sus ideas y acciones, al terreno de «lo público», se visualiza que la frontera entre estos conceptos (público-privado) es difusa (Cunill Grau, Nuria 1997).

Las opiniones no son innatas ni surgen de la nada, la mayoría de ellas son fabricadas e inducidas a partir de los aparatos ideológicos de la clase dominante (burguesía). Los contenidos y prácticas escolares, por ejemplo, no sólo ocultan a los estudiantes las relaciones sociales impidiéndoles conocer las condiciones reales en las que viven, sino que, además los conducen hacia un destino de clase al cualificarlos de forma diferenciada.

Unas elecciones libres con una opinión fabricada y destilada por la maquinaria propagandística del sistema, no expresan nada. Nuestro pueblo en general,  carece de una educación política reflexiva y propia; escasamente posee una instrucción básica que es más una especie de “adoctrinamiento”, por tanto es presa fácil de la engañosa divulgación que rellenan a los medios de comunicación, instrumentos controlados por y desde la cúpula del sistema.

Al pueblo se le culpa de que no le interesa la política, pero a todos nos importan las cuestiones que influyen en nuestra vida, aunque sea en la más modesta cotidianidad, sin embargo los liderazgos políticos tradicionales y el aparato de poder acotan este valor. Los grandes medios de comunicación, desarrollan matrices de opinión, a través de las cuales tratan de institucionalizar en el imaginario colectivo, conceptos totalmente ajenos a los principios de la política y de la ética reconocidos, convirtiendo la racionalidad en emociones y pasiones públicas, fácilmente manipulables.

Sin embargo, este péndulo dominante de influencias mentales no siempre responde al deseo del dominador puesto que los demás creadores de opinión, formado por el estrato político organizado y el público interesado que sigue con atención los asuntos públicos, vale decir los que se oponen a esta forma disfrazada de usurpación del poder en el caso de la batalla política, constituyen un grupo de referencia y de opinión en sus respectivas comunidades. En El Salvador esta batalla, llamémosle de resistencia y reversión a la intoxicación propagandística burguesa, ha venido de menos a más sobretodo en las campañas electorales, impulsada por el FMLN y otros liderazgos políticos, académicos e intelectuales progresistas.

El término «opinión pública» tiene sentidos e implicaciones que suelen escapar a las consideraciones poco reflexivas; los análisis llevados a cabo por autores como J. Habermas (1973) muestran la diversidad de fenómenos aludidos por dicha expresión, así como su estrecha relación con la dinámica del poder y de los sucesos políticos, de una manera mucho menos obvia y más compleja de lo que suele pensarse.

La “opinión pública”, la diseminada entre el público por el aparato de poder, no es una opinión que emana del público y por tanto, no se trata de una opinión que el público se ha formado por sí mismo. La opinión generada desde los estratos gobernantes es una opinión hecha pública, pero no es una opinión del público. “En la actualidad el conocimiento humano ha alcanzado un punto tal que incluso el último santuario, la mente humana, puede conquistarse y está siendo realmente conquistada” (N. Bobbio: 1998).

El monopolio de la propaganda está obligado a conseguir una expansión altamente uniforme de opiniones en el público. Sin embargo, en este sistema totalitario de “lavado de cerebro”, ¿cómo puede adjudicarse este consenso a las opiniones del público? Bajo un millonario sistema unicéntrico y monocromático de adoctrinamiento incesante ¿hasta que punto debe considerarse opiniones del público a las opiniones diseminadas entre el público? Estas opiniones prefabricadas desde arriba y diseminadas en la base social, son propias de los poderes de facto que se sitúan por encima de la sociedad.

El título «opinión pública» tiene que ver con tareas de crítica y de control, que los ciudadanos de un Estado ejercen de manera informal (y también de manera formal en las elecciones periódicas) frente al dominio estatalmente organizado.

La sociología empírica que se ocupa de estos temas, emplea métodos cuantitativos con los que se delimita la realidad en función de los parámetros de medida accesibles desde este tipo de técnicas. (M. Boladeras: 2004) Sin embargo, es obvio que no se pueden confundir estos límites con la amplia y densa trama del espacio público y de la multiplicidad de intercambios que se producen en él. La vida humana siempre ha dependido en gran medida de las características de este ámbito, y en la actualidad su papel dominante se ha incrementado hasta límites insospechados; es un grave error conformarse con una interpretación reduccionista de los elementos que lo componen y de su proyección de futuro.

Cuando se investigan las opiniones de forma seria y científica, debemos de operacionalizar el concepto de opinión explicando que una opinión es una respuesta dada a una pregunta específica en una situación determinada. Por lo tanto, si la pregunta o la situación varían, cabe esperar una respuesta diferente. “Los críticos de la democracia consensual sostienen que los encuestados suelen estar de acuerdo sobre principios abstractos, pero no sobre las implicaciones concretas de tales principios” (C. M. Grigg: 1960).

¿Cuánto conoce, desconoce o conoce erróneamente el pueblo de los asuntos públicos? ¿Cuál es la base informativa de la opinión pública? La falta de atención a estos temas, el desinterés, la desinformación, la información deformada, la percepción distorsionada y finalmente la total ignorancia del ciudadano medio, no dejan de sorprendernos. Víctimas de la pobreza, de la marginación educativa, del adoctrinamiento neoliberal y de la gran ausencia del pensamiento crítico educado, sucumben al funesto aparato de propaganda, desde el cual se manipulan estados de ánimo e impulsos primarios. Una condición adicional confirma la escasa probabilidad de que la instrucción que se imparte en centros educativos, cree un público educado políticamente. Por tanto, el voto racional es minoritario en las urnas, se vota más por simpatía o por imagen publicitaria, que por una decisión política recapacitada.

Una verdadera democracia debe aspirar, primero, a una opinión pública soberana, no inducida por el aparato de poder o sólo desde los intelectuales; segundo, los gobiernos democráticos son el resultado de ese consentimiento razonado; y tercero, que éste a su vez resulta sensible a las opiniones del pueblo. Esto último en el presupuesto de que el pueblo ejercita su poder, en tanto en cuanto electorado, es decir en términos de poder electoral,  una de las expresiones más importantes del poder popular.

Si la soberanía comunicativamente libre y fluida de los ciudadanos, se hace valer en el poder de discursos públicos que brotan de espacios públicos autónomos, pero que toman forma en los acuerdos de cuerpos legislativos de esencia democrática y que tienen la responsabilidad política, entonces el pluralismo de convicciones e intereses no se ve reprimido, sino desatado y reconocido tanto en sus decisiones mayoritarias susceptibles de revisarse, como en compromisos. Más allá del debate sobre el concepto de opinión pública, se encuentra el hecho que su desarrollo está ligado íntimamente a un sistema político determinado, y este no puede ser otro que el fundamentado en un régimen popular de derecho, igualitario, libre y participativo.

¿Es cierto, como se afirma con sospechosa insistencia, que está abriéndose un abismo insalvable entre la política y el ciudadano de a pie, incapaz de comprender las reglas del juego del poder? ¿No se tratará de una crisis de rechazo de un modo de hacer política que ha degenerado en el abuso del poder, la intriga, la corrupción y el desplazamiento del actor principal, el pueblo? (E. Pintacuda: 1994).

Habermas (1998) plantea la democracia bajo el consenso mínimo normativo proviniendo del poder comunicativo de la opinión pública, con lo cual se pone en duda el tratamiento de la democracia liberal, que la considera como sinónimo de ingobernabilidad, término que esconde muchas fallas del neoliberalismo.

El descubrir los vínculos entre la capacidad de deformar la opinión pública y el poder económico, y de éstos con las posiciones ideológicas y políticas contrarias a las políticas del cambio en marcha, es tarea imperativa para descubrir la falsedad de la «democracia”  que proclaman incesantemente los grandes medios de comunicación de los grupos aún dominantes.

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