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Posted on 2012/01/03

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Jorge Castellón

HOUSTON – La búsqueda de la felicidad es, sin duda, el objetivo principal del diario vivir de cada ser humano. Sea cual sea el lugar social y geográfico de la persona, la experiencia de la felicidad  personal es su meta más preciada.

Pero ¿qué es la felicidad humana? ¿Es la  idea de la felicidad la misma para todas las personas? Indudablemente que no. Cada persona tiene una manera distinta de entender la esencia de esa felicidad que añora o que posee. Cada persona, en el complejo mundo que habita, concibe una manera diferente de ser feliz.

Pese a que la vida humana se enfrenta a circunstancias insoslayables como son la vejez, la enfermedad y la muerte, existe para cada cual una forma de ser y de existir que le permite o le ha de permitir, sentirse feliz, aun a sabiendas de la presencia de esas realidades inevitables, y del sufrimiento que ellas conllevan.

Si bien es cierto entonces que no puede haber una definición consensada de la felicidad humana, tal vez, si pueda ser aludida – pues a eso es a lo único que tienden las palabras-,  la forma de esa experiencia subjetiva de la felicidad. Ya en una ocasión el gran escritor alemán Herman Hesse la definió como esa circunstancia sin tiempo, en la cual la persona  no teme ni espera nada. Es decir,  olvidados del transcurrir del mundo, no tememos a nada ni deseamos nada más. Este éxtasis de la vida, que por lo general es  breve y esporádico, es precisamente lo que nosotros anhelamos convertir en duradero y permanente.

Es acaso entonces la felicidad,  lo que sentimos, lo que vivenciamos cuando nos entregamos al abrazo del ser amado, cuando estrechamos a los hijos y los vemos crecer sanos; cuando nos entregamos a la creación y al arte; cuando superamos una dificultad, cuando hacemos algo desinteresadamente ya alejados del egoísmo, o cuando aceptamos  resignados los avatares inevitables del destino…Probablemente, la felicidad no sea una sola cosa, sino, un grupo de circunstancias de la vida que se apagan y se encienden anacrónicamente, casi nunca al unísono,  y en medio de las cuales,  a veces, -dada alguna coincidencia regida por los dioses-, la vida nos sonríe.

Hay un pequeño país al pie del Himalaya, su nombre es Bhutan. Escondido allí, entre la India y China, no tiene riquezas, ni ejércitos, y hasta 1999, pudo tener acceso a la televisión y al internet. Posee un gobierno monárquico constitucional, y sus gobernados son un grupo humano de 700.000 personas – mayoritariamente budistas- sobre una extensión territorial de un poco más de 30,000 km cuadrados. Únicamente  la mitad de esa población es escolarizada.

Bhutan, ha desarrollado en la última década, una manera de evaluar la felicidad de sus habitantes (convirtiéndose en el único país del mundo en hacerlo). A este macro indicador social se le conoce como Gross National Happiness, es decir, lo que equivaldría a un Índice Bruto de Felicidad Nacional, nada más y nada menos. Los resultados del año 2010, dejan ver, entre otras cosas -sobre la base de 9 categorías de estudio-, un población que sonríe confiada al futuro como una oportunidad para mejorar su calidad de vida; donde las personas confían en el apoyo de la comunidad que le rodea; una población emocionalmente sana que no experimentan angustia o temor del presente, independientemente de la edad, el lugar de vida, de su ocupación y de su ingreso.

Pero en aquella circunstancia social  atentatoria al bienestar humano,  que excluye a su población de la oportunidad de tener un techo seguro o el necesario alimento; que le priva el  acceso a un trabajo o la oportunidad de ir a la escuela; que le niega la seguridad misma de regresar a casa con vida al final del día, y de  poder confiar en el mañana, son  tal vez esas las condiciones que en ese contexto, definen o van a definir lo que para esa persona o grupo de personas en particular, es el contenido de la felicidad: lograr tener y gozar los recursos y capacidades necesarias de una vida digna, la satisfacción de las necesidades más básicas de la vida, mejor, el goce de sus Derechos Humanos.

Desear felicidades entonces, en ese contexto significar: “espero que encuentres trabajo”, “espero que vivas seguro”, “deseo que no falte la comida en la mesa de tu familia”, “deseo que nunca te vayas lejos, que estés siempre con nosotros”,  “deseo que no te falte el amor de tu familia”, “anhelo que puedas seguir estudiando”…

Desearle la felicidad a un país completo, es anhelar que un día  El Salvador alcance un Índice de Felicidad Nacional tal, que todos y todas nos sintamos allí siempre, y en cualquier parte, en familia, protegidos,  apoyados, sanos y en casa.

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