LPG-Los desafíos del vigésimo aniversario

Posted on 2012/01/01

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Sí, tenemos paz, pero somos los más violentos del mundo; terminamos con la guerra, pero aún no identificamos la agenda mínima que transforme de raíz la realidad nacional; sustituimos la necesidad de la acción clandestina por una fuerte y robusta libertad de expresión, pero esta no ha servido de cauce para el encuentro de las diferencias y la construcción de la unidad.

Escrito por Luis Mario Rodríguez R.
Sábado, 31 diciembre 2011 00:00

luis-mario-rodriguez@hotmail.com

Los datos del Registro Electoral son reveladores. Cuando se analiza la distribución nacional por rangos de edad, resulta que un buen porcentaje de jóvenes aptos para votar, o no habían nacido cuando la firma de los Acuerdos de Paz, o apenas llegaban a los diez años. Ambos segmentos poblacionales representan aproximadamente el 30% de los ciudadanos capaces legalmente para elegir a sus representantes. En otras palabras, para un aproximado de millón y medio de electores, Chapultepec no significa nada.

Los jovencitos nacidos en 1992, con veinte años de edad, han crecido bajo la ineficiencia de una Policía Nacional Civil que no logra reducir los índices de criminalidad. En su psiquis no existe el registro de un cuerpo paramilitar, militar o policial cuyo monopolio legal de la violencia era utilizado arbitrariamente. En consecuencia, no valoran la transformación de una entidad que operaba al margen de la ley en una organización ahora subordinada al poder civil y bajo la vigilancia de la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos.

Para ellos el Tribunal Supremo Electoral ha sido siempre una autoridad constituida por quienes deberían ser objeto de una estricta fiscalización, aspecto que reduce su eficiencia y que impide sancionar incumplimientos tan claros como las campañas políticas anticipadas. La mocedad de quienes ahora juzgan las acciones del organismo electoral no les permite recordar que con anticipación a la conclusión del conflicto armado, el problema no era la ilegalidad de la propaganda adelantada, sino la credibilidad misma del proceso que concluía con sendos fraudes donde perdía el que ganaba y ascendía al poder quien había sido realmente derrotado en las urnas. La subordinación de la Fuerza Armada al poder civil –ahora involucrada en tareas de seguridad pública– y el nuevo mecanismo para elegir a los magistrados de la Corte Suprema de Justicia –que ha degenerado en un cuoteo político– son otras de las “conquistas de la paz” cuya razón de ser no comprenden quienes ejercerán el sufragio por primera vez en las elecciones del próximo año. Y no la entienden porque el “espíritu” con el que fueron aprobados esos acuerdos se ha diluido en las últimas dos décadas.

En resumidas cuentas, el preludio del vigésimo aniversario trae consigo grandes desafíos. Para “recuperar la esencia” de aquella firma, debemos revisar con prudente objetividad los logros y fracasos. Los fraudes electorales ya no son una opción. La acción arbitraria de las fuerzas policiales y armadas y la constante violación a los derechos humanos por parte de estas, en un Estado policía donde se reprimían libertades fundamentales, ha sido expulsada de la realidad nacional. Las diferentes expresiones políticas han encontrado en el parlamentarismo el espacio ideal para representar los intereses, problemas y necesidades de los ciudadanos.

Por el contrario, veinte años después, seguimos intentando descifrar el rumbo del país. Aún no encontramos el camino que nos lleve, gobierno tras gobierno, a “matizar” las políticas públicas sin sustituirlas cada quinquenio. Continuamos con los “bandazos” en lo económico, lo fiscal y principalmente en las políticas sociales, donde el papel subsidiario del Estado se confunde con el populismo arriesgando las finanzas públicas.

Sí, tenemos paz, pero somos los más violentos del mundo; terminamos con la guerra, pero aún no identificamos la agenda mínima que transforme de raíz la realidad nacional; sustituimos la necesidad de la acción clandestina por una fuerte y robusta libertad de expresión, pero esta no ha servido de cauce para el encuentro de las diferencias y la construcción de la unidad. En su último libro, “Mañana o pasado. El misterio de los mexicanos”, Jorge Castañeda, excanciller e intelectual distinguido, dice: “Las democracias no están diseñadas para unir a las personas. Su razón de ser es dejar que las personas que viven naturalmente divididas sigan haciéndolo de manera más próspera, pacífica y equilibrada”.

Presumo que los firmantes de la paz no pretendieron erradicar las diferencias entre los que soñaban con un país más justo y equitativo. Por esa razón no incluyeron dentro de los acuerdos aspectos puntuales en materia económica y social. Su finalidad última fue la de encontrar una solución política al conflicto armado y no discurrir sobre soluciones para disminuir la pobreza, generar empleo y transformar al país en uno más productivo y competitivo. Los firmantes debieron entender que esa solución no les correspondía a ellos y la dejaron a quienes imaginaron la tomarían entre sus manos para transformarla en acción. Lo que no concibieron aquellos que nos legaron la paz es que los receptores de la estafeta no haríamos bien la parte que nos correspondía.

La verdadera y más eficiente manera de recuperar la naturaleza, la sustancia, el fondo de los Acuerdos de Paz, es discurriendo lenta y gradualmente por cada uno de los intereses de lo que piensan “los contrarios” y en esa diversidad, en el mundo de las desigualdades, finalmente encontrar los puntos de equilibrio que nos guíen con prontitud a la construcción de un país mucho mejor del que concibieron aquellos hombres y mujeres en el Castillo de Chapultepec aquel enero de 1992.

Los desafíos del vigésimo aniversario

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