Contra Punto-Poco a poco, ¿viene el (algún) cambio? – Noticias de El Salvador – ContraPunto – Noticias de El Salvador – ContraPunto

Posted on 2011/12/29

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Carlos Velásquez Carrillo

BUENOS AIRES –  La reforma al Impuesto Sobre la Renta (ISR) es un paso pequeño pero a su vez es importante.  Ni por cerca proporciona una fuente financiera sólida para solventar los huecos fiscales del gobierno, pero su importancia es más una piedra fundacional que una receta milagrosa.  Para que los cambios que el país necesita se lleven a cabo es imperativo el desmantelamiento total del núcleo casi inmutable de valores oligárquicos que ha sometido al país desde tiempos inmemoriales.  El hecho de que esta reforma estipule que los ricos paguen más impuestos que los menos pudientes es un artero golpe a la matriz oligárquica del país, ya que pone en jaque a uno de sus principios centrales: los ricos no pagan.

Las estadísticas están a la vista para el que las quiera ver: El Salvador es uno de la países más desiguales del continente (y hasta del mundo) en cuanto a la distribución de la renta; tiene una de las tasas tributarias más bajas de la región; los pobres y la clase media pagan en promedio tres veces más impuestos que los más ricos; y las tasas de evasión tributaria son escandalosas.  La reforma al ISR es quizás un primer paso para remediar estos males (hoy por hoy, debemos ser optimistas), pero su aprobación también nos proporciona varios puntos de análisis sobre el engranaje de las relaciones sociales del país. 

La primera lección de la reforma al ISR es que el gobierno de Funes ya cayó en la cuenta de que la idea de un “pacto fiscal” con los empresarios y la oligarquía neoliberal es una pantomima sin sentido (ver http://www.contrapunto.com.sv/analisis/la-falsedad-de-un-pacto-fiscal).  Es absurdo creer que los que se sienten con el derecho de operar al margen del sistema tributario, y que han evadido miles de millones de dólares en impuestos en los últimos años, se conviertan de la noche a la mañana en juiciosos partícipes de un esquema que toca sus intereses.  Es decir, no hay que pedir permiso. Este paso en sí es un desafío frontal al estamento oligárquico dominante.

En segundo lugar, la reforma enarbola el principio de que “el que tiene más, pague más.”  Este postulado no es revolucionario ni socialista: es uno de los pilares del liberalismo reformista occidental que se consolidó después de la Segunda Guerra Mundial.  No tiene nada que ver con el rencor de clases ni con revanchismos políticos, sino más bien con la solvencia financiera del estado a largo plazo.

Tercero, y tomando en cuenta la reacción de la ANEP y de ARENA, la reforma nos confirma el carácter mezquino del empresariado oligárquico salvadoreño.  Esta casta ya goza de las tasas tributarias más bajas de la región, paga en su mayoría sueldos de hambre dignos de un neo-esclavismo (el salario mínimo promedio no llega a 200 dólares, mientras que la canasta de precios de mercado es superior a los 900 dólares), y nadie les está exigiendo que paguen lo que evadieron durante décadas.  Pueden amenazar y chantajear, pero al final del día no se van a ir: si no pueden competir en El Salvador con las condiciones antes mencionadas, menos lo harán en otros países donde los aprieten aunque sea un poquito.  La pérdida de capitales es un producto del neoliberalismo y fue alentada por ARENA durante sus gobiernos, ya es tiempo que se quiten esa maña histórica de querer darle al pueblo atol con el dedo.  

Otro avance importante que debe complementar la reforma tributaria (esperemos que los cambios al ISR sea sólo el comienzo de un cambio más global) es el combate a la corrupción y al pobre manejo de los fondos del estado.  La idea es que lo que logre recaudar la reforma se utilice para mejorar la calidad de vida de los que menos tienen, y no para engrosar cuentas personales o engordar el tamaño de la burocracia estatal.  El despilfarro y la corrupción florecieron durante los gobiernos de ARENA, y esto debe cambiar; pero al mismo tiempo debemos tener cuidado de no caer en la maraña de la propaganda oligárquica que usa el argumento del “despilfarro” como caballito de batalla para combatir los avances en justicia social que el país necesita.  

El cambio, si es verdadero, debe molestar al poder y sacudir el avispero putrefacto del privilegio oligárquico.  Esto no sucede de forma automática ni de un día para el otro, sino que se empieza a forjar con medidas claras que marquen, sin ambigüedades, un sendero a seguir.  En el caso de El Salvador, este proceso debe involucrar una revolución de valores que desnormalice la hegemonía de los valores oligárquicos que aún nos rigen.  Pero sin tocar los nervios del poder, ese objetivo quedará trunco.  Ojalá el 2012 nos traiga más razones para pensar que esa revolución de valores que tanto necesitamos no sea uno más de los tantos sueños que se nos han negado.

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