LPG-El Salvador, un infierno

Posted on 2011/12/28

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Escrito por Ivo Príamo Alvarenga
Miércoles, 28 diciembre 2011 00:00

ivopriamoalvarenga@gmail.com

Para los que caminan a pie. Sobre quienes ha caído otra maldición: se está haciendo costumbre culparlos de su propia muerte.

El infierno urbano es de espanto. Con tres ejemplos voy a describir su antesala. Va un joven cruzando la calle cerca de la esquina, desde donde es imposible ver los vehículos que vienen sobre la vía perpendicular; se advierten solo cuando ya han torcido hacia donde él camina. Un automóvil da la vuelta a toda velocidad; el muchacho lo esquiva de un salto, pero no puede esquivar el insulto a su ascendencia con los tres clásicos bocinazos.

Idéntica circunstancia en otro paraje. La familia entera, padre, madre y dos niños van atravesando el carril de la muerte, la calle.

Un sedán que cruza debe frenar para no atropellarlos. Veo al chofer sonreír con sarcasmo; baja la cabeza moviéndola para ambos lados. Podía leer su pensamiento: “Es questa gente si que no. Por esués que los matan”. Claro, por eso, por carecer de vista periscópica que les permita otear al otro lado de la esquina.

Tercer capítulo. En un lugar donde los automotores se apelotonan por un redondel, que concede derecho de vía a quienes lo rodean y obliga a ceder el paso a los que quieren circundarlo, estos forman tres filas que se mueven lentamente; hipo de metal a medida que la rotonda deja un pedazo libre. Los peatones deben sortear las tres hileras, aprovechando los intervalos del hipo.

Una joven madre con un “tierno” en los brazos ha pasado las dos primeras. La tercera está momentáneamente quieta y vuelve a ver con mirada suplicante a la conductora del vehículo al frente del cual debe pasar. Esboza una sonrisa para ganarse la simpatía de la que maneja. Inútilmente.

Esta la ve con altivo desprecio y en vez de cederle el paso, acelera. Su pensamiento es legible también: “mujer estúpida; cómo se le ocurre cruzar la calle chineando una criatura”.

El infierno es peor en el área rural. Allí ha sido deliberadamente construido para que quien no tiene alas o habilidad de gacela se exponga a ser arrollado. Ni en sueños los ingenieros pensaron en los de a pie. Como lo he dicho en otras ocasiones, suponen que quien nace de un lado, en el mismo lado debe morir. Hay un ancho arriate al centro de la calle, recorrido por una amplia canaleta que con graves esfuerzos y riesgos pueden salvar los que se atreven.

Cuando nuestro país sea civilizado, cada cierta distancia, digamos exagerando cada diez kilómetros, existirán cruces peatonales, marcados por luces titilantes y semiesferas de acero como las que protegen a la clientela “chic” o “piqui” que deambula por la Gran Vía. Allí sí hay protección para el elegante caminante. Algún día la habrá para el humilde. Y el que lo mate atravesando será culpable de homicidio o asesinato, si maneja ebrio o a desmesurada velocidad.

Huir del accidente será delito en sí. El dueño del vehículo proporcionará las generales y dirección del fugitivo, o cometerá encubrimiento.

Si viviéramos en ese futuro, el bus no habría atropellado a los dos adultos y dos niños asesinados por el delito de estar a la orilla del pavimento esperando transporte, tras haber pasado Navidad con sus parientes, los cuales presagiando la desgracia “hoy que todos manejan bolos”, les pedían que no se fueran.

El señor ministro de Seguridad que pone un gran optimismo en su lucha contra la violencia, sobre la cual pide un subsistema legislativo, debiera pensar en los asesinos motorizados que, como vengo sosteniendo desde hace muchos años, deben tener igual penalidad que los asesinos armados.

El Salvador, un infierno

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