La Página-La mala jugada-Diario digital de noticias de El Salvador

Posted on 2010/09/15

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Por Zarko Pinkas. 15 de Septiembre. Tomado de la Página.

Frente a la ruleta veo a Vera apostar su última ficha roja. Cae negro y pierde. Ella maldice su suerte…Con hostilidad me murmura que le traigo mal agüero. Me río de sus obsesivos comentarios. Ella guarda silencio un momento, pero su mirada me grita su enojo. Sabía muy bien que yo no quería ir al Casino de la ciudad del pecado.

No tengo nada contra quienes buscan en medio de adicciones elevar la adrenalina, pero sí consideraba a Vera, cauta y en cierto modo inteligente para su edad. Pero en medio del olor a cigarro, los sonidos y murmullos de ira de los malos perdedores, podía sentirme bastante desubicado. Cada quien sabe donde le puede apretar el zapato, y más en estos tiempos, donde todos buscamos evadir la realidad.

Vera tenía una filosofía simple de la vida, ella existía por momentos y no sentía ninguna compasión sobre sus turbaciones emocionales, y siempre comentaba que la razón se la dejaba a los filósofos y pseudo intelectuales. Encendía un cigarro en los bares en la zona de no fumadores, sentada con las piernas cruzadas, y odiaba los celulares, pues consideraba que nadie tenia derecho a ejercer un control de sus pasos. 

Desde que pude verla caminando en los pasillos de universidad, me llamo la atención. Siempre marchaba rápido con una monedad antigua, que su abuela le había regalado, la cual tenía solamente una imagen en los dos lados. El símbolo de una hada y en su cuello una víbora de dos cabezas.

Vino a estudiar un Postgrado desde Bolivia. Le encanta viajar, un vicio que  compartíamos; al sentarnos debajo de un sauce, siempre me hablaba que la vida era un juego, y se debía estar preparado para perder la partida.

Creo, no entendí hasta muy tarde esa frase, ya que sus manías se despertaban sobre ese tema: El juego. Esto lo descubrí al estar en ese casino. No sé de dónde sacó los setecientos dólares que destrozó en el menos de una hora, ya que me contó que estaba apretada en sus finanzas para vivir, y que las deudas la aquejaban, según sus comentarios repetitivos, pero esa noche andaba dinero y su mejor opción era apostar  a mi presencia. Posiblemente pensaba que el serviría de freno, o de desahogo. ¿Quién sabe?… 
Me pidió que fuéramos a ese casino, pues necesitaba salir de la ciudad, no miraba noticias ya que siempre expresaba que eran lo mismo, solo que cambiaban los actores, para eso me comentaba, rascando su pierna, prefiero ir a sentirme cómoda en una sala de juego. No me pareció una mala jugada.  
Me expresó qué si conocía el casino. Yo le dije que no. Además, que nunca jugaba, pues iba contra mi política monetaria. Solo había acompañado a unos amigos a pasar el tiempo a unos más que todo por curiosidad y también por no había aprendido a decir no, mientras a ellos los desplumaban, simplemente me causaba dolor en mi bolsillo ver el despilfarro.

“A mí no me despluman”-me aseguró-. Me explicó que era una experimentada jugadora de póquer, veintiuno y la ruleta. Vera no es expresiva cuando conversa, pero sobre el juego, lo hacía con una pasión extrema. En el casino, cambió un fajo de billetes. Me comentó que me invitaba. Yo le contesté que no pierdo mi dinero y menos el ajeno. Nos dirigimos a la mesa de veintiuno. En menos de tres manos, ganó como cincuenta dólares.  
Comenzó poco a poco, después aumentó, pero, en menos de un dos por tres, perdió cien dólares. La miré con impaciencia pues no paraba de tirar fichas al apostar. Vera, le susurré, cálmate un poco. “No”, me dijo con los ojos saltones, “lo que pasa es que esta mesa está salada, siempre en un casino hay una así”. Bueno -le dije-.

Nos cambiamos a otra. Pasaron cuatro horas y Vera estaba ganando, pero en cinco jugadas la limpiaron. “Malditos”, rezongó. ¿Perdiste todo? No me respondió. “Me queda una ficha. Te apuesto cinco mil pesos a que gano”. Ya, por qué no. Frente a la ruleta, veo a Vera jugar su última moneda. Cae negro y pierde.

Al final, parece que quien perdió más fui yo. No salgo con una mujer a un casino, sin esperar que pueda ganar “algo”, ahora mi propio vicio, se sumo a otro, y los perdimos.

Ella maldice su suerte… “Préstame los cinco mil que te debo. Juro que te los pago”. La miro a los ojos y por un momento de racionamiento, sin contenido erótico, pude mover la cabeza y decir: No. “Al perro más flaco no se le pegan las pulgas está vez”, le susurro al oído. Vera desde ese día, cuando me ve solo en los pasillos rodeados de plantas verdes de la universidad, se rasca más fuerte y  yo me agarro la billetera.

Diario digital de noticias de El Salvador

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